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Esta es la historia de un hombre que una vez estaba manejando por el pueblo cuando de repente vio un perro herido a la orilla de la carretera. Conmovido por compasión, se detuvo, tomó al perro, lo metió a su auto, lo llevó a su casa y comenzó a curar sus heridas. Vendó sus heridas, comenzó a alimentarlo, a darle afecto, atención y mucho amor.

Un día, antes de que el perro se recuperara por completo, el hombre caminaba por la casa con el perro en sus brazos. De repente, saltó, escapó por la puerta y desapareció.

El hombre se quedó parado, confundido, pensando: “Salvé a ese perro del borde de la muerte, lo traje a mi casa, lo alimenté, lo nutrí, le di amor, atención y afecto, y sin más salta y desaparece. ¡Qué criatura más desagradecida!”.

Al día siguiente escuchó unos rasguños en su puerta y, al momento de abrirla, encontró al mismo perro ahí parado con otro perro herido a su lado.

Así se comporta el cristiano y su compasión por los perdidos. Nosotros estábamos ciegos, estábamos perdidos; literalmente estábamos al borde de la muerte y el infierno. Pero Dios nos alcanzó, nos rescató, nos salvó y nos curó. Y ahora nuestra pasión en la vida es decirles a otros pecadores dónde encontrar sanidad del Gran Cirujano.

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